10.7.09

Igual que cualquier otro

Ayer pasé por la pena de tener que ver el partido entre México y Panamá. Y es que una de las cosas más tristes del fútbol de México es cuando uno tiene que verlo porque es el evento del día. El partido contra Nicaragua fue una cosa inmoral, creo que es más emocionante un partido entre San Ramón y la U.
El de ayer fue otro partido mediocre. En el gol y en otras dos o tres jugadas México demostró que tiene talento y a veces tiene buenas ideas. Sobre todo me gustaron los cambios de velocidad de Giovanni y creo que se entendió muy bien con Omar Bravo (que es más odiado que Álvaro Saborío). Panamá por su parte hizo una buena exposición de su juego: como media hora de presión y buenos contragolpes, y luego una caída física impresionante. Además, su técnico mató al equipo sacando a los jugadores más talentosos. Uno de ellos, Escobar, me parece que está para jugar en México o en alguna otra liga que sea mejor que la venezolana donde está ahora.
No quiero entrar en todas las disertaciones que han tenido los periodistas mexicanos que ya examinaron las 2475 formas en las que podrían clasificar al mundial o quedar eliminados si no ganan el 12 de agosto. (El 12 de agosto aquí es como decir el fin del mundo, todo mundo tiembla de solo pensar que jugarán contra el subcampeón de la Confederaciones). Y tampoco voy a hablar nada de la Sele nuestra, porque la verdad es que sólo vi el partido contra El Salvador y me parece que ese juego no estuvo tan mal jugado. Fue lo mejor de nuestro estilo: dominar y botar goles como locos.
Pero mi entrada es para hablar de lo que pasó al final del partido de ayer. Después de una bola que sale de la línea de banda, y después de que Aguirre descaradamente patea al jugador panameño, y después de que el árbitro pierde el control del partido por 8 minutos, comienza una lluvia de objetos en el estadio. Los aficionados mexicanos (y hay que decir que los mexicanos tienen cierto nivel de racismo) empezarón a tirarle de todo a los panameños en la banca, y al jugador expulsado mientras iba hacia el camerino. La cosa fue tal, que el jugador expulsado (que lo expulsaron bien por empujar a Aguirre después de la patada) simplemente no podía salir de la cancha por todo lo que le tiraban. Ni siquiera Ochoa pudo detener a los aficionados mexicanos que hicieron lo que les dio la gana desde las gradas.
Cuando veo estas escenas no puedo dejar de pensar en cuánto se ha criticado en Concacaf a los estadios ticos (sobre todo el Saprissa) porque una vez le tiraron algo al árbitro y otra vez algunos jugadores extranjeros fingieron que les tiraban objetos. Pero después de lo de ayer, me doy cuenta que el estadio de Houston en territorio estadounidense del encopetado subcampeón de la Confederaciones es igual que cualquier otro estadio de Concacaf. Y no solo eso, sino que las autoridades de la Copa de Oro demostraron total incompetencia en el hecho. Me imagino que no habrá ni un cinco de multa contra el estadio ni contra nadie, porque lo que pasó pasó en Houston fue precisamente ahí, en Estados Unidos, y porque la víctima fue Panamá. Está claro que en Concacaf siempre han odiado todos jugar en Costa Rica en una cancha sintética con un ambiente que se come a cualquier equipo del área. También está claro (esto no es nuevo para nadie) que en Concacaf no tratan a todos por igual. Pero, aunque no los traten por igual, los estadios de EEUU son iguales que cualquier otro.

1 comentario:

  1. Muy cierto, definitivamente no va a haber sanción para el estadio, ni para los organizadores. Hay diferencia de trato a las diferentes federaciones. Gracias a Dios las máximas autoridades de la CONCACAF no son gringos ni mexicanos, pues sería peor el asunto.

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